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COACHING PARA EMPRENDER/ GREGORY CAJINA/ EDICIONES DIAZ DE SANTOS
“Hijo mío, no te veo sentado en un despacho durante los próximos cuarenta años”,
fue lo que dijo, cuando yo contaba con apenas veinticinco años,
una noche que volvía de trabajar tras dos meses y medio, viajando,
sin sábados ni domingos; unas setenta horas de trabajo por semana.
Estaba cansado, vencido.
Harto.
La conversación fue tan breve como inesperada.
Ni pretendí sacar el asunto,
ni sospeché que esas palabras fueran a cambiar mi manera de ver el mundo.
Algo, definitivamente, no estaba funcionando.
Solo el tiempo le dio la razón a mi madre.




DE EMPLEADO A MILLONARIO
Recuerdo a mi padre cuando me enseñó a montar en bicicleta:
el día que, por fin, me quitó las dos ruedecillas laterales
que me mantenían en posición vertical, fue el día que descubrí
que allá donde pones la vista, donde pones la mente,
donde diriges tus esfuerzos, donde encuentras tus energías…
Es el mismo lugar donde acabas llegando.
Mi padre me hacía hablar para distraerme mientras sujetaba
mi bicicleta con una mano…hasta que me di cuenta en determinado momento
que él no me respondía a una pregunta porque se había quedado mirando,
sonriendo, veinte metros atrás.
Estaba montando sólo en bicicleta, sin ayuda.
La alegría que experimenté me duró lo que tardó en asaltarme la duda, el temor.
Intenté girarme lo máximo que me permitía el cuello para gritarle
a mi padre que corriera a sujetarme porque si no, me iba a caer de aquella…
Inmensa…
Bicicleta.
¡Paf!
Ese es el primer recuerdo que me queda de mi niñez sobre la importancia
de tener claro lo que uno quiere: sobre ( o más bien, bajo) esa bicicleta
corroboré lo peligroso que puede ser confundir los objetivos.
Aprendí, y recordaré gracias a las tiritas que curaban las consecuencias de mi miedo,
que no es lo mismo querer mantenerse sobre una bicicleta
que querer no caerse de la bicicleta.
Aunque pueda parecer lo mismo, guarda la misma diferencia
que la que existe entre dos objetivos que, tal vez,
te hayas planteado alguna vez.




¿QUIERO TENER MUCHA RIQUEZA O NO QUIERO QUE ME FALTE DINERO?
El primero provoca activamente a nuestro cerebro a pensar para actuar,
a razonar para identificar las infinitas opciones que pueden abrirnos
la puerta a la prosperidad.
El segundo induce, simple y llanamente, a sobrevivir: a exprimir mes a mes
la nómina lo más posible, a seguir buscando a alguien que me contrate por mejores
condiciones que las que tengo ahora, a quejarme de lo injusta que es la empresa donde trabajo, a lamentarme porque el coste de la vida, de las facturas,
cada año es más y más elevado y mi salario ya no alcanza como antes.


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