EL TESORO/ JOANN DAVIS/ EDICIONES ONIRO

¿Qué historia vas a contar tú?
Una en la que no hay ni buscadores de la verdad ni gente que la dice – respondió el niño-.
La historia que voy a contar es mi historia. Yo soy David, hijo de nadie.
Mi madre murió cuando yo nací. Mi padre me dio una paliza, me llamó estúpido y perezoso,
y un día me echó a la calle sin más. Ahora soy un huérfano, sin madre, sin casa y sin ningún derecho.
El niño dejó de hablar y se miró los pies polvorientos.
Los tenía enrojecidos y doloridos tras haber caminado muchos kilómetros con aquellas viejas sandalias gastadas.
El cuero estaba lleno de arañazos y las tiras, rotas.
- Vaya, vaya – comentó el contador de historias-.
Es una historia muy triste para venir de alguien tan joven.
- ¿Es que duda de sus palabras? – protestó Elizabeth-. El niño habla desde el corazón.
- Todos los narradores tienen que elegir – explicó el contador de historias-.
Algunos envuelven a sus personajes en un halo de desesperación,
mientras que otros eligen un aura de esperanza.
Unos ven la jarra de vino medio vacía – dijo señalando la que había en la mesa ante ellos-,
y otros medio llena.
David – prosiguió el contador de historias dirigiéndose al niño-, donde había tristeza, tu hermana trajo alegría.
Donde había soledad, el pastor ofreció compañía.
El niño estaba de pie muy erguido y quieto, escuchando.
- Tal vez podrías pasar la página y contarnos una nueva historia,
una en la que otro niño camina con sandalias nuevas,
porque las viejas y gastadas las ha desechado como si fueran la seca
y agrietada piel que muda serpiente.
El niño se quedó meditabundo. Elizabeth se acercó y le cogió la mano.
Él levantó la cara y sonrió.
- Yo soy David, hermano de Elizabeth.
Aunque mi madre murió cuando nací y mi padre me maldijo y me echó,
yo nunca caminaré solo.
Tengo mucha suerte porque tengo conmigo a mi hermana y al pastor,
ambas personas amables y buenas. Y también me quiere mi burro.
- - Ah…-volvió a decir el contador de historias-. Un superviviente, no una víctima.
Ahora te reconozco: David, el Afortunado.
Si una oruga puede convertirse en una mariposa y un capullo puede acabar siendo una flor,
¿qué más es posible?
¿Puede el mineral de hierro convertirse en oro?
- No lo sé – confesó el niño.
- Claro que no- contestó el boticario-.Pero sé que tienes la mente abierta,
todavía preparada para cualquier posibilidad.
Los que siempre dicen que no, con su retahíla constante sobre lo que no se puede hacer,
todavía no te han robado la esperanza y los sueños.
Ni tampoco lo han conseguido conmigo.
Yo experimento con los misterios y busco los límites de lo posible.
No maldigas a la oscuridad: trae la luz.
Porque Dios sí que envío ayuda: te envió a ti.
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Una en la que no hay ni buscadores de la verdad ni gente que la dice – respondió el niño-.
La historia que voy a contar es mi historia. Yo soy David, hijo de nadie.
Mi madre murió cuando yo nací. Mi padre me dio una paliza, me llamó estúpido y perezoso,
y un día me echó a la calle sin más. Ahora soy un huérfano, sin madre, sin casa y sin ningún derecho.
El niño dejó de hablar y se miró los pies polvorientos.
Los tenía enrojecidos y doloridos tras haber caminado muchos kilómetros con aquellas viejas sandalias gastadas.
El cuero estaba lleno de arañazos y las tiras, rotas.
- Vaya, vaya – comentó el contador de historias-.
Es una historia muy triste para venir de alguien tan joven.
- ¿Es que duda de sus palabras? – protestó Elizabeth-. El niño habla desde el corazón.
- Todos los narradores tienen que elegir – explicó el contador de historias-.
Algunos envuelven a sus personajes en un halo de desesperación,
mientras que otros eligen un aura de esperanza.
Unos ven la jarra de vino medio vacía – dijo señalando la que había en la mesa ante ellos-,
y otros medio llena.
David – prosiguió el contador de historias dirigiéndose al niño-, donde había tristeza, tu hermana trajo alegría.
Donde había soledad, el pastor ofreció compañía.
El niño estaba de pie muy erguido y quieto, escuchando.
- Tal vez podrías pasar la página y contarnos una nueva historia,
una en la que otro niño camina con sandalias nuevas,
porque las viejas y gastadas las ha desechado como si fueran la seca
y agrietada piel que muda serpiente.
El niño se quedó meditabundo. Elizabeth se acercó y le cogió la mano.
Él levantó la cara y sonrió.
- Yo soy David, hermano de Elizabeth.
Aunque mi madre murió cuando nací y mi padre me maldijo y me echó,
yo nunca caminaré solo.
Tengo mucha suerte porque tengo conmigo a mi hermana y al pastor,
ambas personas amables y buenas. Y también me quiere mi burro.
- - Ah…-volvió a decir el contador de historias-. Un superviviente, no una víctima.
Ahora te reconozco: David, el Afortunado.
Si una oruga puede convertirse en una mariposa y un capullo puede acabar siendo una flor,
¿qué más es posible?
¿Puede el mineral de hierro convertirse en oro?
- No lo sé – confesó el niño.
- Claro que no- contestó el boticario-.Pero sé que tienes la mente abierta,
todavía preparada para cualquier posibilidad.
Los que siempre dicen que no, con su retahíla constante sobre lo que no se puede hacer,
todavía no te han robado la esperanza y los sueños.
Ni tampoco lo han conseguido conmigo.
Yo experimento con los misterios y busco los límites de lo posible.
No maldigas a la oscuridad: trae la luz.
Porque Dios sí que envío ayuda: te envió a ti.
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