En septiembre de 2004,
no me acuerdo del día, pero sí de que era por la tarde,
de dónde estaba yo y de que me tuve que sentar
en un banco en media calle del mareo que me entró
mientras al otro lado del teléfono mi hermana
me decía que mi padre tenía un cáncer de pulmón y que se moría.
No me lo dijo así exactamente pero ahora mi mente
lo lee así y mi boca expresaría el mensaje de esta manera.
Esto quiere decir algo.
Cómo vivía yo hasta entonces,
cómo viví el a partir de entonces y cómo vivo ahora.
Somos unos grandes egoístas y dependientes.
Mientras mi hermana me contaba todo eso yo
en lo único que pensaba era en qué iba a ser de mí
cuando mi padre ya no estuviera con nosotras.
No concebía la vida sin él a pesar de que no vivía con él.
Pero de alguna manera me había acostumbrado
a tenerlo y no entendía que de repente
alguien me robara una pieza de mi puzle
rutinario y me trastocara mi vida.
Ahora lo analizo y pienso que mi mente
en esa época permanecía dormida.
Porque en realidad todo mi sufrimiento repentino
no era por mi padre, por el proceso que le esperaba.
En ese instante a mí aún no me dolía su dolor.
Con el paso de los días su enfermedad fue
evolucionando y tras varios ingresos
vino el ingreso definitivo y el comienzo de la toma de decisiones.
Mi nueva casa, el hospital.
Durante dos meses y medio vi cosas
que hasta entonces sólo había visto en películas.
La percepción es importante y la posición en la que te encuentres
hace que veas la película de una manera o de otra.
Supongo que mi padre veía una película,
las enfermeras otras y yo la que te cuento.
La cuestión no es que un hospital
las horas pasen más lentas.
Las horas duran lo mismo en un hospital
que en una isla del Caribe.
Pero a mí las del hospital se me hacían eternas
y tarde casi dos meses en sacarles partido
porque no las vivía como si fueran oro, sino como algo horroroso.
Mi padre se moría por minutos y a mí cada minuto
me parecía una bala, un disparo a una parte de su cuerpo.
Porque sabía que el minuto siguiente iba a ser peor que el anterior.
Como no podía dormirme porque el tenía pánico
a que le pasara algo y yo no pudiera ayudarle
tuve que empezar a invertir esas horas moviéndome lo menos posible
de la habitación en actividades que me evadieran de la realidad.
Durante un tiempo leí mucho, pero llegó
un tiempo que la lectura no era suficiente.
Lo que estaba claro es que aunque me pusiera un tanga y bronceador,
aunque leyera las novelas más interesantes del mundo,
yo estaba en la segunda planta de terminales de un hospital y ahí caían como moscas.
Y claro, cómo estar ahí sin ver, sin oir, sin tocar, sin oler, para sufrir lo menos posible.
Cada semana moría alguien de la planta.
A medida que pasaban las semanas y a medida
que me fumaba la vida en la puerta de la clínica
iba conociendo a los familiares de los habitantes del resto de habitaciones.
El roce hace el cariño.
Cuando llevaba 14 muertos contados, reaccioné.
Un lunes conocías a fulanito y hablabas con el
de más de lo mismo y cuando ya habías integrado
a fulanito en tu vida y salías a fumar un cigarro y no estaba…
Eso significaba que su familiar había muerto.
Para que me entiendas, en esa planta de hospital había otro lenguaje.
Mucha gente en la capilla. Alguien agonizando.
Alguna persona llorando en las escaleras.
Había llegado alguien nuevo y estaba impactado.
Un grito a mitad de la noche. Un vivo menos.
Dos señores cabizbajos en la puerta de la 213, la funeraria había llegado.
Una sonrisa cómplice sin mediar palabra.
No te estaban ligando.
Simplemente compartíamos lo mismo y a veces no quedan palabras.
Sólo esperar.
Esperar.
Crees que la espera se reduce a que se muera tu familia.
Pero cuando llega el momento y muere sigues esperando.
Primero esperas a ver qué pasa.
Y ves que no pasa nada.
Luego esperas a que se lo lleven.
Y llega un momento en que te apartan de su lado y entonces esperas un milagro.
Esperas poder despertar de la pesadilla y que sea eso, una pesadilla.
Esperas creértelo.
Esperas, esperas.
Te pasas la vida esperando.
Y la vida no espera.
¿A qué esperas tú?