Alguien dijo una vez que no tomar una decisión ya es una decisión.
No hacer una elección es en sí mismo una elección.
A veces es difícil elegir, decidir.
Yo antes posponía las decisiones porque mientras no decidía
y aparcaba los problemas creía que no había problemas, y no es cierto.
Un día llega el momento en que decides conscientemente
qué es lo que quieres
en una situación determinada y una vez eliges
te sorprendes y te das cuenta que no era tan difícil decidir.
Quizá el camino de piedras llega cuando sabes que esa decisión
es irrevocable y hay que seguir adelante.
Y entonces llega a tu vida la palabra constancia y la palabra disciplina.
Y hay ratos de bajón en los que te planteas el dar marcha atrás y quedarte
donde estabas porque crees que no eres capaz de llevar hasta el final tu decisión.
Una vez empieza a cambiar tu manera de pensar,
las decisiones llegan solas.
Es como otro ingrediente más que tiene tu cabeza
y que hasta que no avanzas no te pide juego.
Si sabes lo que quieres, por qué te lo niegas.
¿Por qué te pones trabas en el camino?
¿Por qué te das caña en lugar de animarte?
Una decisión es algo que tú decides.
Por lo tanto no puede ser un calvario.
No puedes permitirte que sea un calvario.
Debes recordarte que esa decisión la has tomado tú por algo.
Para conseguir algo.
Que aunque ahora se vea borroso,
sabes que al final del trayecto va a estar ahí.
Y ese viaje que vas a realizar para cambiar tu rumbo
tienes que conseguir que sea de ensueño.
No puedes esperar a ser feliz cuando hayas conseguido tu objetivo.
Tu objetivo no puede ser el final del camino.
Tu objetivo es el comienzo del camino y el durante.
Porque desde el momento que tomas la decisión
tú ya estás obteniendo beneficios.
Ya estás tomando las riendas de tu vida.
Han dejado de decidir por ti.
Han dejado de indicarte el camino.
Ya no vas a pedir permiso.
Tu vida es de nuevo de tu propiedad.
Y desde ese momento todo lo que hagas
tiene que ser para adorarte.
No va a ver en el mundo nadie que te quiera más que tú.
Por más que te empeñes en olvidarte de ti.
Tu salud, tu estado de ánimo, tus problemas,
te acabarán recordando que tú siempre estás contigo.
¿Te produce más placer algo para otro que para ti?
¿Es imprescindible compartir tus placeres para que no dejen de serlo?
Si sucede eso, es que no te has insistido lo suficiente.
Con lo que insistimos en las demás cosas, en la gente
¿por qué no insistes en ti?
Insístete.
Date una oportunidad.
Recuerda que tienes que conquistarte a ti.
A tu cabeza, a tu cuerpo, a tu alma…
Y quizá nunca lo has hecho.
Empieza por intentar relajarte.
No tengas prisa por llegar a ti.
Tú sabes que te tienes.
Aunque ahora mismo igual ni te encuentras.
Una varita de incienso, unas velas,
una música y un buen baño o una buena ducha.
Porque tú lo vales.
Porque ahora eres tú quien lleva las riendas.
Que los demás esperen y si no que se vayan.
Sonríe.
Lo estás consiguiendo.
Ya era hora.
Tienes una cita contigo.